Vamos a ser claros: lo raro no es que haya un pirata de cuatro años de edad. Lo raro es que las ballenas hablen.
Y Joaquincito, este pirata de tan pequeño, tuvo la mala suerte de encontrarse con una ballena tan grande como parlanchina.
Joaquincito nació pirata. Desde chiquito, jugaba que su cuna era un poderoso barco que cruzaba los mares más peligrosos del mundo.
Luego, cuando otros chicos empiezan a andar en triciclo, él aprovechaba cuanto charco hacía la lluvia para imaginar las luchas más terribles con los peores enemigos del mundo, parado sobre una tablita.
Y más tarde, a los cuatro años, su abuelo Marcelo –que era un pirata de verdad- le regaló un barco a su medida para que navegara alrededor del mundo.
–Eso sí –le advirtió–: los piratas de antes robaban tesoros de los barcos y los escondían en islas desiertas y misteriosas. Ahora eso no se usa. Y te pueden llevar preso. Mejor date una vueltita por ahí...
Así fue que Joaquincito se hizo a la mar con mucho entusiasmo y coraje.
Todo iba muy bien: el mar estaba embravecido, pero él sabía dominar su nave y saltaba por las olas con mucha destreza; y los barcos que lo veían desde lejos, escapaban rápidamente cuando advertían la típica bandera con la calavera y los huesitos cruzados, ya que no querían enfrentar a semejante pirata.
Joaquincito estaba orgulloso.
De pronto, el barco casi se hundió al chocar contra algo inmenso.
El pequeño pirata se asustó, pero luego recordó una de las frases preferidas de su abuelo: “los piratas no conocen el miedo”. Además, eso era el mar, no la laguna donde vive el monstruo de la laguna.
El pirata Joaquincito se asomó para ver contra qué había chocado y su sorpresa fue muy grande al ver el lomo de una ballena gigantesca.
–¡Fijate por dónde vas! –le dijo ella.
–¡Las ballenas no hablan! –le reprochó Joaquincito.
–Yo sí –dijo ella con mucha simpleza.
Joaquincito quedó mudo. No sólo hablaba: también le respondía. Su abuelo, que le había contado cientos de historias marinas, nunca había mencionado nada al respecto.
–Es un truco. Seguramente te tragaste a algún marino y es él quien habla –dijo Joaquincito.
–Mirá mis labios –respondió la ballena exagerando las palabras.
Efectivamente, esta ballena hablaba.
–¿Qué querés de mí? –preguntó el pequeño.
–Comerte, claro. ¿Qué otra cosa querría? ¿Un autógrafo?
–¡No podés comerme! –gritó con mucha valentía el pirata.
–¿Y por qué no?
Joaquincito pensó rápidamente y contestó:
–¡Porque no!
–Ah, claro... No puedo comer al señorito porque el señorito no quiere... Vos disculpame, pero a las personas que me como, no suelo preguntarles si están de acuerdo o no –dijo la ballena y abrió la boca así de grande.
Joaquincito empuñó su espada decidido a matar al animal, pero la ballena, con fastidio, lo reprendió:
–¡Dejá eso que es peligroso! ¡Podés pincharme!
–¡Te mataré! –exclamó con furia Joaquincito.
–¡Encima me querés matar! ¡Qué exageración! –señaló la ballena–. ¡Ya sos grande para jugar a matar ballenas! Probá con otra cosa...
–¿Cómo qué? –preguntó él preocupado.
–No sé... Usá tu imaginación... ¡Pero matarme....!
Joaquincito pensó, pensó y pensó hasta que se le ocurrió algo:
–¡Ya sé! ¡Correremos una carrera! ¡Mi barco es más ligero! Si te gano, serás mi prisionera y si pierdo, me comerás.
–¡Hecho! A la cuenta de tres: ¡uno, dos y....!
De pronto, ambos escucharon la voz del abuelo del pequeño pirata:
–¡Joaquincito! ¡La cena está lista!
Joaquincito se bajó del barco muy contento: tantas aventuras siempre le despertaban el apetito. Pero antes de alejarse, le advirtió a la ballena:
–¡Mañana nos encontraremos y te las verás conmigo, maldita!
–Bueno –dijo ella y se sumergió en el mar profundo.